El siniestro

La lectura de la póliza es condición obligada para proceder a su firma, pero la práctica es otra.  Aun cuando no sea más que para tener conocimiento de qué es y qué no es siniestro, en algún momento hemos de dedicar el tiempo preciso a esta labor, ya que en gran número de ocasiones se reclama por hechos que no constituyen “siniestro” y en otras muchas éstos ocurren y no son denunciados como tal. 

La declaración del siniestro es un trámite obligado para el Tomador del Seguro, el Asegurado o el Beneficiario, dentro del plazo máximo de siete días de haberlo conocido u otro más amplio si así constara en póliza. Téngase presente que el Asegurador podrá reclamar los daños y perjuicios causados por la falta de declaración. El Tomador del Seguro o el Asegurado deberán, además, dar al asegurador toda clase de informaciones sobre las circunstancias y consecuencias del siniestro. En caso de violación de este deber, la pérdida de indemnización sólo se producirá en el supuesto de que hubiese concurrido dolo o culpa grave. 

El Asegurado o el Tomador del Seguro deberán emplear los medios a su alcance para aminorar las consecuencias del siniestro. El incumplimiento de este deber dará derecho al asegurador a reducir su prestación en la proporción oportuna, teniendo en cuenta la importancia de los daños derivados del mismo y el grado de culpa del Asegurado. 

El Asegurador está obligado a satisfacer la indemnización al término de las investigaciones y peritaciones necesarias para establecer la existencia del siniestro y, en su caso, el importe de los daños que resulten del mismo. En cualquier supuesto, el asegurador deberá efectuar, dentro de los cuarenta días a partir de la recepción de la declaración del siniestro, el pago del importe mínimo de lo que el asegurador pueda deber según las circunstancias por él conocidas. Cuando la naturaleza del seguro lo permita y el Asegurado lo consienta, el asegurador podrá sustituir el pago de la indemnización por la reparación o la reposición del objeto siniestrado.            

Se ha extendido grandemente esta modalidad de servicio, por lo que, antes de solicitarlo o permitirlo, debemos tener en cuenta: 

  • Que cuando declaramos el daño sufrido no lo hacemos ni a nuestro Mediador de Seguros y ni tan siquiera a nuestra aseguradora. 
  • Que quien nos visite no tiene la condición de Perito de Seguros, sino de reparador de averías. 
  • Que será esta persona la que determine si es un siniestro amparado o no por la póliza cuando su formación en materia de Seguros, cuando menos, nos es desconocida. 
  • Que sus conocimientos profesionales en electricidad, fontanería, albañilería, etc., también nos son desconocidos.
  • Que el acabado de la reparación puede no estar muy de acuerdo con nuestro sentido del remate de una obra en nuestra vivienda o local. 

A tener en cuenta que el principio fundamental del Seguro es la indemnización, con cuyo importe podemos reparar los daños para dejarlo tal como estaba o emplear su cuantía en una obra de modernización u ornato general. También que constituye siniestro todo hecho posible, fortuito, ajeno a la voluntad de las partes, susceptible de causar daño y recogido en la póliza como indemnizable según el ramo, garantía y alcance de la cobertura. Debe prestarse una especialísima atención a las exclusiones y franquicias.           

Por último, es la INDEMNIZACIÓN el producto que realmente adquirimos cuando suscribimos un Seguro. No se compra la póliza, se compra la atención en el momento del siniestro y, más concretamente, cuando éste se abona con rapidez y ecuanimidad, oportunidad en la que es conveniente estar aconsejado, guiado y amparado por un profesional Mediador de Seguros, ya que puede ser de vital importancia.